The gay and trans sex workers of Guayaquil

Published: January 11, 2012

Un grupo de chiquillos menores de edad, con pinta de aniñados, son los nuevos “dueños” de algunas calles del centro de Guayaquil, como la Primero de Mayo, en las que ejercen la prostitución. 
Por las noches y madrugadas, el lugar se llena de “clientes”, que por lo general son hombres adultos en busca de satisfacer sus caprichos sexuales. Los depravados se aprovechan de las necesidades económicas de los adolescentes y los someten a sus aberraciones por unos cuantos dólares.
Dianne Rodríguez, presidenta de la Fundación Silueta X, aseguró que el “problema es producto de la marginación que todavía existe de la sociedad hacia las minorías sexuales”.
El capitán Luis Collao, de la Dinapen, manifestó que los niños y adolescentes que son encontrados en las calles son rescatados y trasladados hasta las oficinas de la entidad hasta que sus padres los identifiquen. 
“La sociedad, las malas políticas, las leyes y a veces la familia impulsan a que estas adolescentes y jóvenes gays o trans busquen la calle para realizar trabajos sexuales”, indicó Collao.

EL TESTIMONIO DE UNOS MENORES
La tradicional avenida Primero de Mayo es conocida porque fue el centro de operaciones de varios transexuales.
Ahora, esta misma calle también es utilizada por un grupo de menores de edad autoidentificados como gays y trans.
Los chiquillos se apoderaron de un espacio comprendido entre las calles García Moreno y avenida del Ejército para esperar clientes que paguen por sus servicios. Nerviosos, miran de un lado a otro, tratando de esquivar a los agentes que los rescatan y los llevan hasta sus casas o a algún centro de protección.  
Mientras se realizaba este reportaje, siete adolescentes en grupo esquivaron el diálogo, pero dos accedieron a contar sus historias:
“A mí me dicen la Pitufina”, expresa el chico. Viste camiseta gris, jean gastado negro y muy pegado al cuerpo y zapatos de lona rosados. Su cabello está tinturado y su rostro libre de impurezas. Apenas tiene 16 años.
 Noches en las calles
“Desde hace tres meses trabajamos con mis amigas en este lugar para ganarnos la vida”, asegura “Pitufina”. Él y sus amigos decidieron salir de sus casas para independizarse y lograron encontrar en la prostitución una manera de subsistir.
Mientras hablaban,  varios vehículos se estacionaron junto a ellos  para solicitar sus servicios. Un sujeto vestido de negro se acercó hasta los chiquillos y contrató a dos jovencitos para llevárselos hasta un portal  oscuro de una vivienda cercana. En el lugar, el cliente les exigía sexo oral.
“Solo estábamos con un amigo y no hacíamos nada malo,” contesta “Dennis” cuando se le pregunta sobre su actividad. Otro de los miembros del grupo usa ropa ajustada. Tiene el cabello rubio bien cuidado, uñas impecables y no pronuncia una sola palabra sobre lo que hace.
Su compañero de 17 años confiesa que ejerce la prostitución para ganarse unos cuantos dólares y comer. En tono molesto dice que él y sus amigos solo pueden  aspirar a este tipo de vida “porque no hay más oportunidades de trabajo”.
“Pitufina” anhela viajar a España junto a su madre porque su padre lo rechaza. Dice que en el país ibérico se dedicará a estudiar veterinaria y que se sentirá más libre en una sociedad más tolerante. 
“Mi mamá sabe de mi situación. Le dije que me habían violado para que me aceptara como soy.  Ahora solo espero que me lleve con ella”, exclama con optimismo y una voz muy femenina.
Cuando se terminaba la entrevista, agentes de la Policía llegaron al sitio y trasladaron a los menores de edad a la Dinapen, donde seguramente serían devueltos a sus familiares. ¿Por cuánto tiempo podrán estar lejos de las calles? Ellos son los únicos que tienen la respuesta.

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